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26 de septiembre de 2008

Cena Lula


Por fin hemos tenido una cena Lula, después de mucho tiempo.

Este año parece ser que todos estaban ansiosos, por eso ha costado menos trabajo recoger las luciérnagas necesarias para iluminar la plaza central de la isla.

Hemos cenado tres veces, bailado, cantado, reído y, por fin, después de que el General haya optado por no moverse este año tampoco de su lugar, la tía Lula se ha sentado en el centro de todos, bajo la estatua, y nos ha contado la historia de Nevi. Cómo lo rescató de las mazmorras de la isla de los piratas, donde el capitán Coq lo tenía prisionero por haberle robado la pata de palo para evitar que saqueara una granja de campesinos donde él, aún siendo casi un cachorro, vivía. Por desgracia no lo consiguió.

Por suerte, la tía Lula andaba cerca y como aquellos campesinos eran amigos suyos, en su memoria, decidió que Nevi seguiría guardando algo más que una pequeña granja, y lo trajo a la isla.

Hay algo que ella no ha contado, pero que yo sé porque a menudo hablo con nuestro guardián: la tía Lula le concedió unos poderes que ningún perro tiene. Unos poderes que le hacen ser capaz de oler el peligro con días de antelación y algunos otros que aún no ha tenido que usar y que nadie conoce salvo Lula, Nevi..., y yo.

24 de junio de 2008

Nevi


     Nevi es el guardián de la isla de Lula. Siempre está oteando el horizonte y olisqueando el aire en busca de algún cambio repentino o extraño. A menudo suele avisar cuando hay algo raro en el ambiente. Aquí, en la isla, casi nunca pasa nada, pero cuando pasa es digno de contarse.


    Aún puedo recordar cuando a la estatua del General le dio por pensar que ya estaba cansada de ver siempre el mismo paisaje desde su posición en el centro de la plaza del centro de la isla de Lula, y decidió moverse, con pedestal y todo, hacia un lugar un poco más a la sombra, en uno de los lados de su plaza.


    Se armó un gran revuelo porque en aquella época había un nido de jilgueros sobre la silla de su caballo y los jóvenes pájarillos, recién nacidos, no querían cambiar de domicilio tan de repente y sin haber tenido la posibilidad de revolotear por aquella zona. Al final se llegó a un acuerdo, y el General decidió posponer su mudanza tres meses, para que los polluelos pudiesen aprender a volar…


    Eso sí, al llegar el día del “Movimiento del General”, hubo una gran fiesta. Hubo bailes, cantes, cenas (porque en la isla de Lula, si hace falta y la noche se alarga, cenamos tres o cuatro veces)… Y todos los años, desde entonces, cuando llega ese día señalado, el alcalde de la isla se dirige a la estatua del General y le pregunta si quiere volver a cambiar de sitio. A veces el General tarda mucho en responder (es complicado hablar cuando eres una estatuta y tu lengua es de bronce), pero mientras tanto, todos preparan la gran fiesta.


    Sea cual sea la respuesta, siempre se celebra, y siempre junto al General, que agradece el bullicio a su alrededor, porque es muy aburrido ser estatua y tener que estar siempre en la misma posición, sin más compañía que los pájaros.


    Pero Nevi lleva varios días olisquenado algo en el aire. Aún no sabemos lo que es, pero creo que muy pronto saldremos de dudas.


    Por cierto, el General, este año, no ha querido moverse de debajo del gran árbol milenario de la plaza. El sol parece más ardiente que nunca a mediodía, y allí debajo no se le recalienta demasiado su sombrero de bronce.


    Seguiremos pendientes del olfato de Nevi. Algo grande parece estarse preparando…